• “Con Sigfredo Ariel, cerca del Kiosco del Infierno” por Antonio José Ponte (Prólogo a la antología “Ahora mismo un puente” de Sigfredo Ariel)

    by  • 3 abril, 2013 • Antonio Ponte, Crítica, Literatura Cubana, Poesía, Sigfredo Ariel • 0 Comments

    Lo que Sigfredo Ariel y yo llamamos Kiosco del Infierno está a medio camino entre mi casa y la suya. Próximo a la terminal de trenes, de madrugada brilla como la última esperanza de encontrar cervezas en La Habana Vieja. Es el único sitio abierto en tanto otros locales adelantan cada vez más la hora de cierre.

    Donde debió existir un edificio (y después su derrumbe) han emplazado una casilla enrejada dentro de la que un par de dependientes hace cuentas, coteja sumatorias, intenta salir del mejor modo de la madrugada. Erizado de rejas como está, las transacciones en el Kiosco del Infierno tienen aire de visita presidiaria, de camión policial o carro de perrera.

    Otra posibilidad está en las máquinas expendedoras de la calle Monte: incontables veces nos hemos ocupado de alimentarlas con billetes sin lograr otra cosa que el dinero de vuelta. (Junto a ellas un grupo de sordomudas y sordomudos avisa de que las máquinas no funcionan. Ese grupo es cuanto queda de la esquina de prostitución de hace unos años.) Cada uno con un billete de dólar y cuarto como si se tratara de empujar cucharadas a una boca reacia, sólo tengo el recuerdo de una noche en que las máquinas hayan soltado prenda. De manera que casi siempre terminamos en el Kiosco del Infierno y, comprada la bebida, vamos a un banco frente a la estación de trenes. (Descargamos la cerveza bebida contra un resto de la antigua muralla.)

    Podría extenderme en accidentes fuera del municipio: en una ventanilla abierta por los alrededores de Radio Progreso venden, según Sigfredo Ariel, “los panes con bisté de la Vida”. Y no es casual que ahora, dispuesto a presentar unos poemas suyos, venga a hablar de esos sitios visitados cuando nos dan las tantas conversando: el propio Sigfredo Ariel edifica lugares desde los títulos de sus libros: una playa (Escrito en Playa Amarilla), un hotel (Hotel Central), una estación (El enorme verano), su ciudad natal (Born in Santa Clara), unos paralelos (Los peces y la vida tropical)…
    Muchas páginas suyas están llenas de afán cartográfico:

    “Si recordara, si pudiera recordar
    a través de este ruido
    /quiero decir vigor de Timbuktú
    me sabría el dibujo de las costas espléndidas
    de Mali, de Marfil, de Catay y Cipango”

    Él ha escrito este alarde:

    “Si quisiera, podría trazar sobre la arena
    el mapa estelar del hemisferio”

    Los portulanos y mapas se juntan con la Biblia, las cartas del Tarot y los fragmentos de canciones. Lo mismo que para un cronista de Indias, ante él se alzan los problemas de la lengua (“y saque de la boca las palabras duras,/españolas, concluyentes como fronteras”) y los de una tierra nueva. “Nacional” es adjetivo suyo recurrente.

    “Es el invierno nacional”, escribe.
    O: “fluye la vida nacional”.

    Desperdigada aquí y allá en episodios y menudencias, puede hallarse en sus textos una historia del país. (No hímnica, sino hecha de jirones de himno, vuelta banderas deshilachadas.) La mayoría de sus libros terminan en un poema que recorre la historia cubana: “Mapa del país” (de El enorme verano), “Nocturno local” (de Los peces y la vida tropical), “Vida en común” (de Hotel Central), “Embargo y elegía” (de Escrito en Playa Amarilla). Y, en medio de una poesía absorta en lo personal como es la cubana más reciente, ese impulso de épica (si acaso concedemos que puede llegarse a la épica mediante una suma de situaciones líricas) resulta un rasgo particularísimo.
    Así también resalta su insistencia en el poema erótico. (Podría afirmarse que él ha escrito los mejores poemas de amor de su generación, aunque los poetas de esa generación se muestran tan poco inclinados a la literatura erótica que de poco vale el título. Rectifico entonces: Sigfredo Ariel ha escrito algunos de los mejores poemas eróticos de las últimas décadas.) Igual que aquellos dedicados a la isla, esos poemas de amor resultan casi siempre de amor escarmentado, textos del ir tirando amoroso. Gracias a una pizca (al menos) de escepticismo, enuncia sin descrédito su atracción sostenida por paisaje o persona. Y ha escrito, a la par, textos sobre encuentros fugaces, poemas del ligue erótico. Otros, muchísimos, dedicados a la amistad y la camaradería.

    Todo lo anterior inclinaría a tomarlo como un poeta sentimental, bastante desvalido en caso de exigir a la poesía recursos pensamentales. (Recuérdese, por ejemplo, que Rolando Sánchez Mejías pasó por alto su nombre cuando la antología Mapa imaginario.) A tales exigencias, a la devaluación de sus poemas bajo prisma así, ha dedicado él un astuto poema, “Los poetas cubanos de vanguardia”, cuya lectura desestima las acusaciones de ingenuidad o sentimentalismo que pretendan hacérsele. (Próximo a textos de Cernuda y Gil de Biedma, el poema tiene aire de familia con algunos escritos en lengua inglesa.)


    “Ríos de Foucault” son opuestos a la música en esas líneas. El poeta se considera desprovisto de los primeros; la segunda lo ha acompañado de manera envidiable (citar fragmentos de canciones no lo hace incurrir en dulzarronería: véanse varios de sus sonetos ríspidamente encabalgados, escritos en papel de lija). ¿Cómo lograr que los ríos de Foucault crucen por mis páginas?, pregunta, irónicamente o no, cuando forjar una música parece insuficiente.


    La oposición, sin embargo, no ocurre entre pensamiento y música, sino entre pensamiento y memoria. Imprescindible entonces averiguar si el paso de corrientes teóricas hace o no memorable al poema, y valga en este punto la siguiente ecuación derrideana leída en Augusto de Campos: “Poesia é aquilo que se quer aprender de cor: imparare a memoria”.


    En sus nuevos libros, Sigfredo Ariel suele recordar versos de libros suyos anteriores. Los trae a cita del mismo modo en que se acuerda de viejos boleros. Citándose a sí mismo con regodeo de isla, parece apostar por la acumulación, el asentamiento, la sedimentación de un título sobre otro.


    Comienza uno con el siguiente desvelo:

    “me exiges ahora describir con las mismas palabras
    - isla, respiración, peces, canciones -
    cosas desemejantes y muy entrecruzadas”

    Isla y canciones son, como puede verse, sus tigres y sus laberintos. Pero si es cierto que todos somos obsesos y reiterativos, no todos alcanzamos a justificarlo con una mitología.

     
    Sigfredo Ariel ha conseguido hacerse de una mitología propia. Su fuerza consiste en persistir en ella, en ensancharla. Y ya va siendo hora (así le digo en uno de nuestros viajes al Kiosco del Infierno) de que lo haga evidente con una selección de todos sus libros.

    Las antología “Ahora mismo un puente” de Sigfredo Ariel fue publicada por Efory Atocha ediciones en 2012 y puede ser solicitada  Aquí.

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